El sentir

Abro los ojos y la luz me empaña la vista con el cegante resplandor del amanecer. La zozobra es menor cada día, pero queda la suficiente para preguntar al aire si hoy sentiré algo. Al no oír respuesta me reclino en la cama voy al epicentro de mis tormentos. Pienso en quienes conozco y en la cuantía de mi aprecio por ellos. Pienso en sus problemas, en sus necesidades, sus virtudes y debilidades. Me detengo en cada uno de los actos que hemos vivido. Adelanto y retrocedo los fotogramas que componen las escenas de nuestros recuerdos. Revivo en mi mente el momento y analizo mis reacciones. Entonces me sitúo en escenarios distintos. Cambio el hilo argumental de mis recuerdos. Pongo distintas frases en la boca de mis compañeros de rodaje, y les doy distintas máscaras de sentimientos. Observo entonces la nueva escena, vuelvo a analizar mis reacciones.

Siempre son las mismas, inertes e insulsas. No cambian aunque altere tanto la historia de lo transcurrido para hacerla irreconocible. No siento compasión por sus desgracias. No esbozo sonrisa por sus alegrías, ni siquiera siento envidia. Mi empatía por ellos y por todos en general es cada más exigua. Simplemente no les entiendo. Inexorablemente me alejo cada vez más de mis semejantes.

Al saber que poco a poco les dejo atrás, no soy capaz de discernir si estoy ascendiendo o descendiendo. Tampoco siento nostalgia por ellos, ni angustia por la llegada de la soledad. Solo me quedo sentado aquí anhelando, con la etérea humanidad que me resta, que esto sea transitorio. Si no es así, tampoco me importa. Ya que cuando no sientes nada, todo da igual. Incluso vivir en desdicha, porque entonces no me reportará dolor.

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